1. ¿Podemos entender a los Gitanos?
Rom y Sinti no siempre han vivido en el territorio de la península italiana, si bien su presencia se remonta a una época lejana. Las modalidades de dicha presencia se expresan en las diferencias culturales de los distintos grupos, determinadas por circunstancias históricas específicas, en tiempos y lugares diferentes. Generalmente, las modalidades de la inmigración se repiten bajo ciertas presiones y condiciones, no siempre fáciles de analizar en el pasado, pero que siguen repitiéndose en el presente y que podemos aclarar y analizar desde una perspectiva histórico-sociológica.
Por ejemplo, los Rom de Italia centro-meridional llegaron a las costas del mar Adriático en el siglo XVI procediendo del sur de la península balcánica bajo la presión del avance otomano. Esta hipótesis, que por supuesto no encuentra ninguna evidencia histórica en las crónicas u otros documentos explícitos, se podría explicar con:
1) la analogía con la “huida” de los Albaneses y otros grupos en el mismo periodo y por las mismas circunstancias;
2) factores lingüísticos;
3) especificidad de los grupos y la respectiva homogeneidad cultural, frente a otros grupos;
todo eso referido a períodos no discordantes.
El recorrido de los Sinti en el norte de Italia fue muy distinto: aquí la permeabilidad de las fronteras, a pesar de los Alpes, además de ciertos marcos políticos del pasado (el imperio hasbúrgico, por ejemplo o el intercambio entre Francia y Piamonte) jugaron un papel determinante para definir algunos desplazamientos.
En el último siglo el avance de los grupos Rom desde los Balcanes ocurrió tras la emancipación de la gleba y los cambios políticos ocasionados por la primera Guerra Mundial. En cambio, desde el sur de Yugoslavia los Rom empezaron a llegar mayormente a partir de los años setenta, quizás con una vanguardia anterior, motivados predominantemente por factores económicos y empujados por la facilidad cada vez mayor de atravesar la frontera con Venecia Julia.
Esta breve premisa nos parece necesaria para recalcar una serie de datos importantes:
1) las migraciones de Rom y Sinti han sido cuantitativamente importantes sólo en las últimas décadas; 2) no fueron verdaderas migraciones, sino una nueva forma de nomadismo, a menudo “circular” y de a poco, por razones de orden socio-económico;
3) Los Rom en ex-Yugoslavia eran sobre todo sedentarios y de todos modos portadores de modelos culturales muy distintos a los de los Rom y Sinti “italianos” (en los años setenta ya casi todos ciudadanos italianos), asentados desde hacía tiempo en el territorio de la península;
4) la superposición de la idea de nómada, gitano, prófugo, inmigrante, ha provocado mucha confusión en elndo dificultades, incluso a nivel institucional, para la solución de problemas relacionados con la integración;
5) La motivación económica de la migración, que parece prevalecer, hoy en día se manifiesta a veces de modo exacerbado y perverso, pero sobre todo poco comprensible e inadecuado a la integración en la cultura italiana;
6) – not least – se sigue negando la existencia de una cultura Rom, perpetuando el modelo que asimila la condición de Gitano a la de antisocialidad, vagabundeo, criminalidad, etc.
Todo esto hace que el hombre de la calle malinterprete, o juzgue negativamente, el comportamiento que observa – o cree observar - aunque no esté relacionado con actividades criminales. Basta pensar en una actividad de utilización económica del territorio que no sea de explotación intensiva. El Rom, como muchos “primitivos”, tiene la plena perceptibilidad de que la explotación debe hacerse de manera de no depauperar el territorio, para consentir el subseguirse de ciclos o una circularidad, tanto para la mendicidad como para los servicios a la comunidad sedentaria, creando así unos circuitos tanto más amplios cuanto menores son la necesidades de esos servicios y la posibilidad de explotar el territorio. Eso determina un empleo del territorio donde las nuevas realidades se insertan a dura penas, a no ser que sea con servicios y trabajos completamente nuevos. Puesto que lo que el Gitano ofrece es difícilmente reciclable y compatible con el desarrollo del mundo actual, las dificultades para los recién llegados crecen, a menos de “inventar” nuevas modalidades. Todo eso se traduce en la convicción que el Rom no tiene ganas de trabajar, y que, por tanto, necesita desarrollar actividades criminales para sobrevivir, hechos que a veces pueden ocurrir, pero sólo por necesidades de supervivencia y no por factores intrínsecos.
Esta es la óptica con la cual es observada la migración de nuevos Rom, incluso por parte de los “viejos”, de una manera casi nunca favorable. El asunto de la competencia se une al de la ajenidad, que permite “objetivar” la hostilidad y el rechazo. Es un fenómeno que los antropólogos conocen muy bien, el mismo que hacía decir a los Rom de antaño: “Si Dios no hubiera querido que los Gaché fueran rapados, no los habría hecho nacer ovejas”. A los recién llegados se les atribuye toda clase de rasgos negativos. ellos son los culpables de todo nuevo crimen.
La red de solidaridad en el mundo gitano es imprescindible, pero se mueve en una lógica no lineal ni binaria. Si es verdad que hay una oposición entre Rom y Gaché, eso no quiere decir que el Rom de un grupo siempre esté en favor de otro Rom de un grupo distinto en una disputa con el Gaché. En ese caso, el factor sobresaliente es el interés del Rom (colectivo o individual) y ese interés es el resultado de un análisis no siempre correcto y de todos modos siempre marcado por un puro pragmatismo.
El tema de la criminalidad es muy importante y delicado, porque siempre implica el riesgo de una generalización inmotivada. Por otro lado, es un factor presente y con modalidades ajenas a la cultura tradicional. De hecho, la pequeña criminalidad ha acompañado al mundo gitano en su marginalidad, pero siempre como “extremo remedio” y dentro de los limites de una ética de respeto por la persona. Han sido episodios ligados a las necesidades, pequeñas estafas, robos con destreza, y, como quiera, crímenes contra el patrimonio de escasa cuantía. Hoy en día, la gran criminalidad no solo “pesca” peonaje en el mundo gitano, sino que ha creado una nueva mentalidad, favorecida por los modelos culturales de la sociedad hegemónica (de los Gaché): los mitos del poder y la riqueza contaminan el mundo gitano que “descubre” el tráfico de droga, la prostitución, la explotación de los menores, los secuestros, los atracos a mano armada.
Esa escalada, aunque limitada y poco relevante en su totalidad, encuentras un lugar de primer plano en el mundo de los medios de comunicación y, de rebote, en el interior del mismo mundo gitano, donde es recibida con sentimientos de rechazo (“son pocos, son bluff de los periodistas” pero también “son los demás”), echando toda la culpa a los recién llegados, pero también, a veces, con ambiguos sentimientos de revancha respecto a una sociedad que tradicionalmente siempre los ha rechazado.
¿Saben, los recién llegados, lo que se dice en los periódicos, en las conversaciones del hombre de la calle? ¿Tienen ellos un proyecto de vida coherente a medio o largo plazo? ¿Son sus reacciones las mismas que tendría por ejemplo un italiano, o puede un italiano comprenderlas? ¿Cuáles son los instrumentos que poseen para darse a conocer y conocer a la vez?
Hagamos un ejemplo: si una persona roba y el hecho se publica en los periódicos, la persona honesta no sólo no se preocupa de corroborar su propia honestidad en términos de imagen, y aún menos, de corroborar que lo ocurrido no se puede generalizar. Sabiendo de no ser culpable, él considera que su silencio es suficiente. Al contrario, en el caso de que un Rom (y también de otras “categorías”) cometa un crimen, los medios de comunicación ponen mensajes que “exigen” su respuesta porque él pertenece a una categoría clasificada en un cierto modo y, por lo tanto, no es sólo un individuo y punto. A él mismo le basta ser honesto, pero no comprende que la noticia no presenta una única imagen, sino una imagen colectiva negativa, que requiere su respuesta como parte de aquella categoría. Además, todos sabemos que es suficiente considerar verdadera una noticia en sus generalizaciones implícitas, para que sus consecuencias sean las mismas como si lo fuera.
Por lo general, el lector perspicaz sabe distinguir, como lo hacía cuando leía las mismas implicaciones en contra de los meridionales en los años cincuenta. Pero, si por un lado la sociedad hegemónica siempre busca chivos expiatorios, por el otro es verdad que los lectores expertos son una minoría, el sistema educacional e informativo no está muy interesado en aumentarlos, siempre existen partes de la sociedad que están interesadas en crear monstruos o hacer campañas de “desviación”.
Así que el Rom, sobre todo el recién llegado, no tiene la percepción de su propia posición y de la imagen que proyecta. La mayoría de las veces, vive la injusticia dentro de un modelo arcaico, donde esa injusticia es funcional al sistema en su forma más simple y directa, que justifica una defensa, no en el derecho, sino en el subterfugio, la pequeña artimaña, el oportunismo, la astucia. La conciencia de otra posibilidad aún no logra afirmarse y perpetúa un modo de “inserción” en el contexto social más amplio que, en sustancia, es un círculo vicioso, erróneo, pero que en el error se refuerza a sí mismo.
2. ¿ Existe una cultura gitana?
El modelo tradicional es, de todos modos, difícil de comprender para quienes no están dispuestos a entender las diferencias culturales. Uno de sus indicadores es la actitud frente a ese elemento de auto-identificación fundamental que es la lengua. En los Rom yugoslavos, el elemento de reserva respecto a enseñar su propia lengua a los Gaché no solo no existe, o bien es poco evidente, sino que encontramos un escaso “celo purista”. Eso está parcialmente determinado por la sedentarización como fenómeno de intercambio natural, mitigado por la confluencia lingüística que caracteriza las zonas de procedencia. La comparación con los Rom de Abruzos semi-sedentarios subraya que ellos conservan el uso de la lengua en clave críptica y limitada a un uso típicamente interno al grupo. De hecho, este Rom habla un dialecto romané que sus vecinos no conocen y ni siquiera saben que existe. El uso del dialecto es limitado y los neologismos, cuando interesan la cultura interna del grupo, son sacados de palabras romané usadas para ser comprendidas por “los demás” y usados sólo ocasionalmente cuando hay italianos.
Al contrario, el romané de los Rom “yugoslavos” se desarrolla como una lengua de uso diario, acogiendo préstamos lingüísticos del Serbio-croato para los neologismos y guardando una morfología conservadora pues las lenguas eslavas tienen estructuras muy parecidas. Por lo demás la lengua se usa siempre, al descubierto, y se pasa a otro código sólo por motivos pragmáticos (presencia de forasteros que no comprenden). En cambio, para el Rom de Abruzos la presencia de un extranjero determina el uso del italiano, para que no sospeche que existe otra lengua, que se utilizará sólo como extremo remedio, cuando sea necesario no hacerse comprender.
Ese ejemplo nos parece bastante iluminador de las diferentes mentalidades y distintas soluciones de problemas, según las historias, vivencias, y, por ende, modelos culturales parcialmente diferentes. De hecho, más allá del factor lingüístico, los diferentes grupos tienen mucha dificultad para comunicar, porque, además de no tener el mismo código, tienen valores, creencias y modos de comunicación, incluso no verbales, y “enciclopedias” de referencia distintas.
Entonces, dificultad de comprender y hacerse comprender, porque distintos inclusos en la diversidad.
En el contexto de un origen en el subcontinente indiano de donde salieron los ancestros para perseguir un sueño hacia las tierras donde se pone el sol, no podemos olvidar que en ese mismo origen se funden etnias y lenguas diferentes. Ab origine la India siempre ha sido un melting pot y tenemos que recordarlo al hacer este análisis.
Es preciso colocar al pueblo gitano en el contexto de sus modelos de coexistencia interétnica, modelos incluso conflictivos, pero herramientas de conocimiento y, en fin de cuentas, proposiciones de paz. Esos modelos complejos y variados parecen acompañar emblemáticamente y con perfecta puntualidad la historia de ese pueblo. Parece aún más oportuno recordarlo en momentos en los cuales el pueblo gitano vive más y más atrincherado, quizás aún más que en los años oscuros de las persecuciones nazis, aún más que durante los siglos en los cuales la falta de una ley que les protegiera los expuso a la arbitrariedad de persecuciones y a la vergüenza de un perjuicio que los marcó de infamia durante siglos.
En realidad es un pueblo que jamás ha hecho guerras, pero que ha considerado la retirada no deshonrosa, la resistencia, sobre todo pasiva, practicable, porque ahorra vidas humanas. Un pueblo que durante siglos vivió, trabajó, viajó, sin nunca intentar poseer nada, sino los elementos indispensables para su supervivencia y una felicidad hecha mayormente de libertad, sencillez, y solidaridad. Un pueblo que ciertos manuales de derecho se niegan a identificar como pueblo, porque jamás poseyó una tierra y jamás revindicó su posesión, llegando incluso a rechazarla. Que durante siglos utilizó todo lo que juzgaba bueno sin ponerle una etiqueta para certificar su posesión. Un pueblo que siempre prefirió el ser al tener y miró con sospecha cada forma de gobierno, de burocracia, de control de su propia vida privada, de intolerancia ideológica.
Se discute a menudo del problema de la definición de la cultura Rom y la identificación de ese pueblo con relación a los rasgos que la diferencian de otras culturas (e incluso de la licitud de definir cultura la de los Rom). En particular se ha tratado de encontrar rasgos “unificadores” al interior de un montón de modos distintos de mostrarse de los varios grupos, incluso sin aquella referencia territorial que perturba y molesta la conciencia de los “sedentarios”.
Dicha territorialidad, que no ha perjudicado el reconocimiento de los italianos como tales, aunque emigrados a América, o de los “terroni” (N.d.T.:habitantes del Sur de Italia) hacia el norte, tal vez en sentido negativo pero siempre reconocimiento es, aniquila la identidad del Gitano, asemejándolo al vagabundo, y como tal, sin identidad específica y rasgos culturales propios. El hecho de hablar una lengua distinta, poco cuenta sin un código de prestigio, escrito, promovido por los medios de comunicación. La lengua de los diversos es, en la conciencia popular, poco más que un tímido balbuceo, o simplemente una jerga.
Es objetivamente difícil definir una cultura Rom, incluso frente a la fragmentación y diferenciación de rasgos culturales de los diferentes grupos. La orientación lingüística, o mejor dicho, etno-lingüística, se impone por dos motivos. Históricamente los estudios científicos sobre el origen y la estructura cultural de ese pueblo fueron desarrollados por lingüistas y conforme a la lingüística, pero también es verdad que cada lengua es una especie de lente de aumento de un pueblo, destacando su estructura socio-económica, antropológica, ritos, creencias, hábitos, tradiciones, etc., e incluso su “filosofía”, la percepción del mundo y las relaciones lógicas privilegiadas y empleadas a partir de contenidos que jamás son de necesidades universales.
3. La lengua
Ese tipo de enfoque nos es sugerido también desde el interior de la cultura Rom: la actitud de los Rom frente a la lengua es singular, a menudo ambigua y recelosa, reveladora de un difundido sentimiento de pertenencia, no sólo como instrumento de comunicación, sino como medio “mágico” de auto identificación, come un "alma" del grupo y, por eso, elemento de cohesión social, pero también de relación con la realidad externa. Dice el refrán gitano: E romeski ?ib si lengi zor: La fuerza de los Rom es su lengua. No es una casualidad que la legua se enseña sólo a los “amigos”, cuidadosamente guardada “en contra” de los extraños. En cambio, a veces bastan pocas palabras para abrir las puertas de la amistad. Quien “conoce” la lengua no puede ser sino uno de los “nuestros”.
Y eso nos lleva a otro aspecto de la relación entre Rom y no Rom, la tendencia a clasificarlo todo de estos últimos, base del conocimiento “científico”, frecuentemente acaba con crear estereotipos.
Existen dos tipos de orientación para comprender quien es un Rom: la primera externa, objetiva, recorre las etapas de la investigación de los lingüistas que, mediante el análisis de los rasgos detectados en los distintos dialectos hablados por este pueblo, reconoce la posibilidad de clasificar a los varios grupos y sub-grupos, atraviesa un camino histórico desde los orígenes, y hace observaciones que aclaran los usos de la lengua a diferentes niveles: gramaticales, textuales, pragmáticos. La segunda orientación “interna” permite al etno-lingüista identificar también diacrónicamente los rasgos de una cultura, observar sus interacciones, desvelar los modos, las imágenes del mundo de esta gente y comprender su posición en las relaciones interculturales.
Una hipótesis que se remonta por lo menos a W. von Humbold, que se recuerda con el nombre de los dos lingüistas americanos E. Sapir y B. L Whorf, afirma que nuestra visión del mundo está condicionada por la lengua que aprendemos simultáneamente al descubrimiento de la realidad. Es indudable que hay una segura correlación entre lengua y Weltanschauung de cada pueblo. La lengua no es solamente un instrumento de comunicación, sino también un instrumento de aprendizaje donde se almacenan las experiencias culturales de un pueblo, manteniendo un testimonio “histórico”.
Si los Rom salieron de la India hace miles de años, si bien poco a poco, su cultura tenía ya rasgos comunes. En la diversidad de los dialectos hablados hoy en día, ciertos elementos siguen manteniendo la palabra originaria. Es decir, cuando encontramos una palabra de origen hindú que permanece en la mayoría de los dialectos actuales podemos grosso modo considerar que se refiere a un elemento cultural originario.
Eso poco importa cuando se trata de un elemento primordial como el agua (pani) o el fuego (jag), pero el hecho que el nombre del sol (Kham) sea el mismo en todos los dialectos, pero no derive de la forma surya – la divinidad hindú del sol – sino de una raíz que significa “calor”, algo nos dice. En particular, el uso por “ sol “ del sánscrito gharm "calor" puede indicar la no pertenencia de los grupos gitanos a las castas altas y la falta de adhesión a una visión del mundo donde el sol es el dio védico, sino una sencilla fuente de calor.
Aún menos importantes son los demás elementos celestes, por falta de una “utilización” (no necesariamente en el sentido material, por supuesto) en la cultura gitana. La visión religiosa originaria se concentra en una dualidad de oposición entre los dos lexemas, ampliamente compartidos, devel y beng, “Dios” y “Diablo”. Eso nos lleva a pensar en una antigua dualidad de las fuerzas del bien y del mal donde la palabra hindú para “Dios” deriva de lo que era la “divinidad” (devata) en general, más que del nombre de un solo Dios del Panteón hindú, (por supuesto no del todo desconocido, porque encontramos el "tridente" del dios Shiva (trušul) - que al final significa “cruz” - a lo largo de un recorrido sugestivo de distorsiones y semejanzas).
¿Qué pasa con las palabras no hindúes? Los Rom llegaron desde parajes “internos” y descubrieron el mar sólo al oeste, en tierra iraní (¿el Caspio?) o quizás cuando llegaron a las riberas del Mediterráneo. Por eso la palabra que se usa para “mar” en algunos dialectos es iraní (dorjavo), en otros es eslava (more) o romané o italiana, etcétera, cuando no es baro pani "grande agua". El "carro" (vurdon) y el "caballo" (grast/graj) son palabras de origen iraní y armenio. Son elementos que tuvieron particular importancia desde el momento de la migración hacia occidente, por eso se encuentran en las lenguas occidentales.
Al contrario, opinamos que la metalurgia se desarrolló principalmente en Grecia, puesto que los términos relacionados con los metales y sus productos son, por la mayoría, de origen greco (el martillo isviri, el cobre xarxuma, el yunque amoni, la herradura petalo, el plomo molivi, el caldero kakavi, el clavo karfin, la llave klidi).
En esta misma clave podríamos seguir observando que la misma fragmentación dialectal de la lengua romané revela por lo menos una cierta actitud socio-cultural. La pertenencia a un mismo pueblo está garantizada por parámetros de afinidad genética de los varios dialectos, pero la individualidad “familiar” está ratificada inmediatamente por el hecho que cada familia habla un propio dialecto, que sería inútil intentar de limitar a una clasificación unívoca. En el mismo plurilingüismo de los Rom encontramos motivos por reflexionar sobre la cultura actual. Los repertorios lingüísticos de los Rom son en mayoría amplios y comprenden más códigos que, por ejemplo, los de la población italiana sedentaria. Pero la relación entre los códigos utilizados es fuerte, y jamás paritaria. El romané es siempre el código mejor conocido, pero es sólo oral y familiar, en cambio las lenguas de prestigio son siempre y sólo las lenguas de los Gaché. Todo eso aumenta la divergencia y la ambigüedad del sentimiento de los Rom frente a sus propias competencias lingüísticas.
Uno de los reflejos “neutros” de esa situación es la falta de una concepción purista entre los Rom respecto a la lengua, que ha desarrollado en forma extensa el mecanismo del préstamo lingüístico. Ese elemento también, desde una perspectiva externa, es fuente de confusión y perplejidad. Para los portadores de una cultura con una base de referencia “oficial” y estandardizada, cada objeto está colocado exactamente en “su propio sitio”. Existe la “norma lingüística” en la “gramática”, así como existe la norma jurídica en las pandectas y en los códigos. Existe una cultura oficial con itinera estandardizados a recorrer para alcanzarla, existen clasificaciones de toda la realidad conforme a parámetros evidentemente precisos y unívocos, sin alternativas.
Para el sedentario la univocidad es garantía de rigor, orden, cientificismo, es respeto de una norma abstracta, ya aceptada sin discusiones porque unificadora. Es psicológicamente tranquilizador y garantía de orden social. Además, la norma y el estándar permiten una comunicación amplia pero no ambigua. Al contrario, la visión Rom de la lengua acepta las variedades en el nombre del mismo principio de posibilidad de una comunicación amplia, pero obtenida a través del conocimiento y el uso de cuantas más variantes posibles, fuera de cada purismo o estandardización. Cuantas más palabras se conocen, tanto más se comprende: así el Rom me dice que “gato” se dice macka, y si yo replico que yo lo llamo tsitsaje, mitsa, murga, katsa, pišika o sterna y que macka es una palabra croata, la respuesta es pragmática: “Lo importante es comprenderse, todas son buenas”.
4. ¿Qué futuro?
Qué puede ocurrir a una cultura que tiene tales características al día de hoy, fuera de hipótesis de auto-segregación, inactuales e irrealizables, aunque a veces presentadas como cautivadoras (al fin son las instancias de los partidarios de la Liga. - N.d.T. - partido del Norte de Italia, que promueve el federalismo y tiende a restringir la entrada de extranjeros -) o de asimilación tout court? Toda previsión es muy difícil. Seguramente los Rom del futuro serán distintos a los de hoy, y tendrán que serlo. ¿Y su lengua? Mas allá de hipótesis que apenas pueden valer fuera de nuestra esperanzas y deseos, las formas de vida cambiarán, y si la vida cambia, la lengua reflejará su cambio.
El uso de las palabras, en un mundo de intensa comunicación no solo verbal, si bien densa de palabras, está expuesto de manera acelerada a las mutaciones lingüísticas. Por esto, hoy en día hay que definir palabras que de otro modo serían usadas en modos diversos en contextos distintos.
Tomemos como ejemplo la palabra Gitano, se transformó en tabú porque llena de connotaciones negativas, tanto que, si por un lado sigue utilizándose, a menudo inconsciente o desapercibidamente, su sentido no resulta forzosamente despectivo, sino connotativo y metafórico (pensemos por ejemplo en las “Gitanadas” de una afortunada serie de películas). O bien se llega a una falsificación romántica del Gitano (en las películas, las canciones), la misma que en la época de Hitler justificó la matanza de los que no correspondían al estereotipo (los Gitanos, por ser de procedencia “hindú” no podían sino ser Arios puros, pero los considerados “bastardos” – es decir todos – acabaron en las cámaras de gas!!). Así, la remoción lleva al uso de eufemismos como nómadas, sobre todo en la prensa y en el lenguaje burocrático, y hasta a denominaciones étnica e históricamente equivocadas, como eslavos o rumanos.
Nómada es una palabra que remonta a los orígenes pastoriles de los indo-europeos de las estepas centro-asiáticas. Si, por extensión, esta palabra acaba con indicar cualquier grupo étnico que practica la vida nómada, sencillamente la metáfora se extiende a quienquiera que viva sin fija demora, y, en ultima instancia, al gran viajero. Podemos así comprender que el uso de Nómada por Gitano pueda parecer apropiado, pero la semántica nos enseña que también llamar a un gato felino es apropiado, aunque no bastante denotativo. Entonces, de acuerdo con nómada si es usado como término sinonímico por motivos estilistas de la voz propia, cuando contextualmente no haya la posibilidad de equivocación. Al contrario, usar Nómada come sinónimo de Gitano, tout court, implica una connotación como un guiño que podríamos llamar de farisaísmo lingüístico, como cuando decimos “no videntes” por ciegos o “personal no docente” por los empleados en el ámbito escolar, o “operario del servicio de limpieza” por basurero, como si el nomen proprium fuera un insulto...
Así que: Gitanos no, Rom y Sinti demasiado complejo, prófugos e inmigrados, en muchos casos extra-comunitarios (pero los que tienen ciudadanía italiana o eslovena o rumana?) no apropiado, nómadas demasiado genérico… ¿Qué hacer entonces?
Actuar sobre la sustancia: el futuro del Rom y del Sinti pasa a través de su reconocimiento como pueblo y con la claridad en el uso de una terminología utilizada demasiado frecuentemente para crear coartadas, confusiones y ambigüedades y disfrazar racismos viejos y nuevos, incapacidad de comprender, voluntades discriminatorias.
Lo que caracteriza al Gitano y su cultura es, sobre todo, una modalidad “transversal” que permite revivir y reinterpretar modalidades diferentes de la realidad colindante conforme a estilos de vida flexibles (raramente estáticos), por medio de las cuales se establece un proceso de parcial integración (o un intento). Sería como decir que, según el entorno cultural y económico, el Gitano se transforma, pero descartando ciertos elementos que le son completamente ajenos, y modificando otros, de acuerdo a su propia visión del mundo, que no pone en primer plano el consumismo, el afán de hacer carrera, la competitividad, la ganancia por sí misma. Pero eso crea una imagen raramente percibida como positiva o comprendida. El estereotipo negativo del Gitano en la sociedad italiana tiene un peso importante en la dificultad de aceptación e integración. Ese peso negativo es antiguo y genérico pero se dirige al Gitano como último representante de ciertas taras especificas y “negatividades” del pasado. Por lo menos en el imaginario colectivo.5. El racismo a partir de la lengua
Geremek en una serie de estudios sobre los marginados en la Europa medieval pre-moderna encara el tema con mucho vigor. El Gitano es el vagabundo asocial que rechaza el trabajo. Pero no el trabajo en absoluto, bien entendido. Existe un mito del trabajo, una ideología precisa. Hay un trabajo que hacía decir a los nazis de Auschwitz: "Arbeit macht frei", el trabajo nos vuelve libres!! Se trata del sistema de control social de las clases privilegiadas que se pone en discusión. El trabajo como medio de represión, no de la criminalidad, sino de esa parte de población que no se somete a las leyes de la explotación.
Aquí también el medio de auto-identificación asume una connotación negativa continuamente subrayada en las disposiciones y los documentos del pasado. La lengua, como elemento de cohesión, tiene que ser golpeada y negada. La Asamblea del Imperio en el año 1500 ya prohibía su uso y también en otras partes encontramos continuas referencias a ella como rasgo negativo de los marginales.
En cuanto sólo marginal necesita de una justificación para las discriminaciones y persecuciones: de aquí el racismo. El peligro del abuso de tal término es el de eliminar su connotación negativa, volviéndolo neutro. En otras palabras, la aplicación indistinta de la definición de racismo a cualquier tipo de intolerancia o falta de respeto acaba con disminuir la carga de negatividad y el efecto inhibitorio que es preciso asociar a tal palabra, y por consecuencia, con favorecer tentativas de objetivar el concepto. En sentido propio el término racismo se refiere a un concepto de raza que – como ya ampliamente demostrado – no tiene ningún fundamento científico. Hablar de racismo significa correr el riesgo de otorgar un estatuto científico a una serie de comportamientos y de “justificarlos” dentro de un marco teórico.
Nosotros pensamos que el racismo tiene que referirse específicamente a comportamientos basados sobre el miedo de lo diverso y de lo desconocido, relacionados negativamente con lo conocido en estereotipos sin fundamento. Como tal hay que combatirlo a través de la educación y el conocimiento, pues tiene potencialidades negativas horripilantes.
Con el racismo no se discute ni dentro de un ámbito de intercambio “social”, ni tanto menos en el plano científico, pero, confirmando nuestras premisas, necesitamos comprender que a veces ciertos racismos (y prácticas relativas) reaparecen disfrazadas.
El histórico refugiarse en una marginalidad no integrada, aunque ya no actual, sigue dominando el imaginario de los Gaché. Detrás de cada consideración están también las ideologías que sostienen la idea de nación. La Nación es el pueblo en su configuración sistematizada dentro de un marco institucional y cultural. Por consecuencia, las naciones se clasifican y catalogan según un procedimiento corriente en la filosofía cognitiva de la tradición clásica y europea, a partir de la ecuación:
Quizás tengamos que recordar las trágicas conclusiones de esas identidades, aun en tiempos muy cercanos. Rom y Sinti parecen un único pueblo al mundo, tal vez no ligado a una realidad territorial. La ideología lingüística relativa es compleja y contradictoria. Por un lado se prohibió el uso de la lengua, por el otro se afirmó que no son un pueblo. Del mismo modo, por un lado se prohíbe la sedentarización/integración y por el otro se estigmatiza la falta de integración. En verdad lo que se quiere es la aniquilación de las diferencias.
El purismo lingüístico es una clara expresión o “recaída” de las tesis racistas. Idealmente el problema se pone en el dar cuerpo a la ecuación una nación = una lengua, justificada bajo el aspecto práctico. Pero el purismo va mucho más allá de esa exigencia. El purista pide una verdadera obra de limpieza étnica. Poco importa que el proceso no sea cruento, pues idealmente tiene la misma carga de violencia. No es casual que el fascismo haya desarrollado ese proceso a niveles paradójicos y de exacerbación, o que Stalin haya tenido grandes preocupaciones sobre la cuestión de la lengua, o que sobre esos temas se llegue a una especie de condescendencia (cordial, pero no demasiado) en entornos fuertemente “nacionalistas” (véase para Francia las propuestas del ministro Toubon en 1994, luego rechazadas por el parlamento). Luego, el caso del serbio-croato, pone un ejemplo bastante alarmante de esos comportamientos sin base lingüística seria (diferenciación ficticia en serbio, croata, bosnio, montenegrino...).
En la instrumentalización de las cuestiones lingüísticas, la lengua surge como un “objeto test”.
Cualquier “dialecto” italiano por ejemplo es una lengua neo-latina, al igual que las lenguas nacionales como el francés o el portugués, que sin embargo no ha recibido un estatuto oficial en una realidad estatal por diferentes motivos, seguramente no atribuibles a una deficiencia suya. El dialecto por un lado se considera una sub-variedad del italiano, y por eso condenable, por otro lado se exalta como lengua capaz de reemplazar completamente a la lengua oficial. Ambas posiciones son equivocadas y viciadas de perjuicios opuestos.
El romané representa la suma de todas las negatividades con respecto a un cierto “sentido común”. Algunos de los perjuicios más difundidos son los siguientes:
1) Todas las lenguas de las minorías, o de los pueblos de los países en vías de desarrollo, son inferiores. Jamás se les podrá otorgar un estatuto, a menos que sea folclórico o museístico. Por otro lado, la discriminación o la opresión de las minorías puede servirse de la lengua como instrumento de reconocimiento.
2) Son lenguas irracionales e incapaces de adecuarse a realidades avanzadas. En realidad, cada lengua es perfectamente idónea para expresar las necesidades de una comunidad, y capaz de adecuarse a las nuevas necesidades.
3) Las lenguas “inferiores” están, sin embargo, en vías de extinción imparable, olvidando que, por el contrario, ellas cambian como es propio de la naturaleza de cada lengua, pero eso no significa que necesariamente mueran. A veces, en esa perspectiva, se proponen leyes a defensa de la lengua, pero ese proceso se transforma en una “momificación”, que de todos modo niega la posibilidad de desarrollo. La lengua entendida como “patrimonio” es de por sí lengua muerta.
4) Las lenguas literarias (o escritas) son indudablemente superiores. Podemos fácilmente demostrar que la escritura no implica un progreso absoluto y además la cuestión es compleja y no puede limitarse a una oposición entre pueblos con y sin escritura.
El perjuicio lingüístico es un indicador importante sea en el ámbito de vejaciones colonialistas e imperialistas que como vehículo y “fundamento” del racismo verdadero. De eso podemos dar dos ejemplos. La ecuación:
se forma de manera gradual, como consecuencia “inevitable” de una serie de postulados que se encuentran en obras que, por otro lado, tienen valor científico. El comparatismo dieciochesco tiene seguramente el mérito de desarrollar investigaciones precisas que permiten establecer el parentesco de las lenguas y reconstruir elementos de la protolengua, pero la totalización y las recaídas que se verificaron en algunos muestran consecuencias profundamente dañinas.
Por ejemplo, Schleicher considera las lenguas como organismos vivos, pues gozan de una autonomía propia respecto a los hablantes, lo que en teoría debería anular la estricta conexión entre lengua y raza. Pero las teoría se usan cuando hace falta. Bajo ese punto de vista, Schleicher no logró destruir (en el caso de que hubiera tenido la intención) las tesis racistas. Al contrario, la gloria de los estudios lingüísticos refuerza la creencia de una superioridad de la nación germánica.
En cambio, será Franz Boas a confutar las teorías racistas. Pero Boas tuvo que emigrar a Estados Unidos para encontrar la libertad de publicar los resultados de sus investigaciones: nulidad de la relación lengua - raza, inexistencia de lenguas primitivas inferiores, volubilidad y adaptabilidad de las lenguas, influjo del entorno, etc., son todos principios fundamentales sostenidos por estudios específicos a partir de 1911. Las obras de Boas fueron sometidas a un verdadero auto de fe en la Alemania nazi que repudia a su hijo “degenerado”.
Rom y Sinti desgraciadamente representan un terreno de investigación particularmente rico. Son el test viviente de lo antedicho, porque representan la totalidad de lo “negativo” en la visión del racista. Tanto es así que ni siquiera se mencionan de buenas ganas en el antirracismo, con varias excusas o por simple “olvido”.
Rom y Sinti no se pueden reducir a una nación, porque no revindican un territorio y porque escapan a las clasificaciones impuestas a todos los pueblos, desde la edad media. Entonces no son pueblo, y, como minoría y marginales, son seguramente asociales y a un paso de la criminalidad. La lengua como factor de identificación, importante eslabón de la cadena ilustrada arriba, está prohibida, o definida un jerga, y se usa para identificarlos. Es por esto que se estudia, pero para impedir su uso críptico o para interceptar conversaciones telefónicas, o a lo sumo en el espíritu de una tolerante curiosidad científica.
Eso sigue valiendo hoy en día y no se diferencia mucho de las medidas “iluminadas” de los soberanos del siglo XVIII, con su política de asimilación (Vaux de Foletier, p. 95):
La emperatriz María Teresa en 1768 y en 1773 y su hijo el emperador José II en 1782 decidieron hacer la felicidad de los Gitanos, a pesar de ellos. En Hungría y en Transilvania, donde vivían desde siglos a su manera, debían de perder incluso su nombre: se llamarían “nuevos colonos” o “nuevos Magiares” y nunca más Gitanos. Fueron obligados a abandonar su propia lengua [...]
Pues bien, el modelo Gitano, si desde un punto de vista científico es el laboratorio ideal para ese tipo de investigaciones, históricamente siempre representó el test ideal donde experimentar represión e intolerancia. Por esta razón, representa el racismo lingüístico en todas sus potencialidades.
Como decía Jean-Pierre Faye, nos parece que todo eso justifique el hecho que la intolerancia lingüística es, si no el solo, por cierto el indefectible y fundamental preludio a las teorías racistas y a la extensa y horrible limpieza étnica, a los masacres de masa, a los genocidios.
Por lo tanto, tenemos no solo que combatir cada forma de perjuicio, sino tener bien claro que el concepto de tolerancia de por sí, como ya recordaba Mirabeau (1789, cit. en Faye, p. 299), es peligroso: “[...] la existencia de una autoridad que tiene el poder de tolerar, cuidadosa de la libertad de pensamiento por el hecho mismo de tolerar, y que por lo tanto podría no tolerar”. La sola tolerancia tolerable, valga la expresión, es hacia la intolerancia misma “[...] si Hitler en persona volviera a publicar mi batalla (Mein Kampf ), ¿deberíamos tolerarlo?” (Faye, p. 312).
Traducido por Antonietta Fior con la colaboración de A.M.Gabriela Bustamante
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